| Capulálpam: Paisaje en equilibrio |
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| Escrito por Marco A. Aguirre Pliego |
| Martes, 27 de Septiembre de 2011 10:15 |
En una ladera de la sierra Juárez, en la cuenca del río Los Molinos (antaño Shoo Laveda), viendo hacia el poniente, está la población de Capulálpam de Méndez, dando la impresión de haber surgido de la misma piel de la montaña, pues muchas de sus edificaciones están hechas con sillares de tierra cruda y tejas de barro cocido. De toda la vecindad montana otrora protegida por el legendario Condoy, el conjunto de Capulálpam es el único que cuenta con un templo techado a la manera mudéjar.
La palabra mudéjar en árabe quiere decir tributario. Los árabes que permanecieron en España después de la reconquista de Granada (enero de 1492), tributaban con su mano de obra. Entre esos tributarios había obreros que trabajaban con calidad de artistas, sobre todo entre los tabiqueros, los ceramistas y los carpinteros. Necesario resulta aclarar que los motivos decorativos y las técnicas constructivas mudéjares no son exclusivos de la época del Renacimiento; ya se practicaban, en gran parte de la península ibérica, desde el siglo XII. Entre las características del estilo mudéjar destaca: el empleo de tabique de barro cocido, expuesto, aparente o sin recubrir, formando texturas; los alfarjes, los alfices, las yeserías con ajaracas o también con calados semejando encajes, las columnas de sección ochavada y los tableros de azulejos; pero, principalmente, el hecho de que toda composición ornamental esté fundada en motivos geométricos concebidos desde una perspectiva caleidoscópica; motivos que parten de polígonos estrellados, articulándose mediante lo que se podría llamar lacerías de líneas rectas que se van quebrando. En suma, la ornamentación mudéjar es eminentemente abstracta.
Por el caso que se analiza, por último permítaseme explicar lo que son los alfarjes: viguerías de madera de alzado trapezoidal, con las que se arman techos de claros considerables.
El templo dedicado a San Mateo, que es el volumen dominante en medio del caserío de Capulálpam, tiene la particularidad de estar techado con alfarjes. En el territorio de lo que fue Nueva España y ahora es México, los edificios con alfarjes son escasos, quizá por ello suscitan fascinación. Fascinante es el borriquete de desplante octogonal (llamémosle así) que cubre el claro de intersección de las naves en cruz del templo en descripción, tal pieza está estructurada mediante listones de madera radiales y arriostrados, que funcionan como armazón de un enduelado seccionado en ocho triángulos, correspondientes a cada una de las caras de la pirámide que constituye dicho cerramiento; el enduelado lleva encima tejas de barro.
El atrio del templo es un balcón desde el que, viendo hacia el poniente, se domina la lejanía configurada como sucesión de cordones montañosos que van degradándose del azul intenso hasta un azul difuminado que casi se confunde con el azul del cielo en la profundidad de lontananza. Y si se mira al contrario, hacia la parte alta del terreno, entonces lo que se contempla son las casas encaramadas en la parte de mayor pendiente del contrafuerte cordillerano, entretejidas con el bosque de encinos y pináceas; de modo que tal paisaje tiene cuadros contrastados que virtualmente equidistan y encantan de igual forma y por tanto podría decirse que están en equilibrio. La plaza principal es umbrosa por su arbolado de espesas frondas, de modo que parece ser el eco de la floresta circundante; con quiosco pequeño, adecuado a la escala del conjunto edificado. En las calles céntricas hay casas que aunque no son señoriales tienen gran dignidad, tal es el caso de la casa de la familia Ramírez, construida en el siglo XVIII, según consta en una inscripción localizada en uno de sus dinteles interiores. Se trata de una casa de techos inclinados de una sola caída, a diferentes alturas y con vertientes en diferentes direcciones, característica ésta que la hace atractiva en su aspecto exterior; y en el interior, todos sus aposentos ven hacia un gran jardín; sus paredes son blancas y sus cubiertas de tejas rojas. El bosque, que decía que en los ejidos entra y sale con despreocupada libertad, es digno de admiración por su riqueza de especies vivas. Por lo que se refiere a la flora, conviven en él especies arbóreas de gran robustez, arbustivas y herbáceas de las cuales algunas son comestibles, otras medicinales y otras más de ornato; también hay gran diversidad de criptógamas: hongos, musgos, líquenes y helechos. La fauna no se queda atrás, hay ardillas, tejones, zorros, conejos, armadillos, venados cola blanca y muchas otras clases de mamíferos; de aves hay tantas especies que hasta para un ornitólogo es difícil enumerarlas.
Otra riqueza, que tiene que ver con el bosque, aparte de su belleza paisajística, la constituye el acervo de leyendas construidas en torno a él: entre sus pinares encinares o sabinares no verá uno orugas fumando en pipa de agua sobre el sombrero de algún hongo, pero en cambio sí chaneques atisbando entre la niebla. La imaginación popular ha concebido una nutrida caterva de seres fantásticos deambulando entre las arboledas; ahí también viven las brujas (Bini guendas) y los venados que hablan. Capulálpam resulta mágico no por un decreto, sino porque está emplazado en un lugar con magia; pero ésta es como un hilo delgadísimo que si no se cuida se puede romper. (Artículo tomado del número 95 de la revista Oaxaca Profundo) |
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