| El desfile |
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| Escrito por Amilcar OSIO |
| Viernes, 18 de Noviembre de 2011 10:32 |
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El recuerdo acudió a mí por aquel vanidoso viento frío de finales de octubre y principios de noviembre que sale por las noches perfumado de cempaxúchitl.
Recuerdo que aquella noche, siendo yo un niño, tomado de la mano de mi abuela, nos abrazó con una ráfaga tan posesiva que de tan intensa, terminó dentro de mis recuerdos y le pregunté: - ¿Abuela, es verdad que en estas fechas los muertos vienen a visitarnos? - Sí hijo ¿Te acuerdas de tu Tío Salvador?, él murió ciego y mudo, verás: Una noche por estas fechas, regresó de la cacería con mucha calentura y llegó sin decir nada y se recostó en su cama, la Tía Altagracia, su esposa, se dio cuenta a media noche cuando él comenzó a delirar; dijo que sus últimas palabras envueltas en la fantasía fueron las siguientes: venían muchos, eran filas y filas, los cuerpos llenos de luz sacudían a su paso una canción extraña que sonaba hueca y triste, no decía nada y parecía arrepentimiento y también me pareció sentir un amor desolado, como disparado al vacío.
Ella dijo que lo sacudió repetidamente para que despertara y pareció que nunca más lo hizo, de no ser por aquellos ojos envueltos en un color blanco que permanecieron en él hasta su último suspiro, no dijo más y espantada corrió en medio de la madrugada a casa de mi padre; él acudió inmediatamente, ya que el Tío Salvador era su hermano menor. No supimos más hasta la mañana siguiente en que enjugándose sus lágrimas le dijo a mi mamá: ¡Mi hermano se murió!... Desde aquel día la gente del pueblo rumoró que a mi tío se lo habían llevado los muertos, y desde aquella noche, cada año por estas fechas la gente del pueblo se encierra y no sale, temerosas de encontrar aquel desfile que Salvador dijo haber visto. - ¿Abuela y entonces por qué la gente pone altares en sus casas? - Siempre los hemos puesto, ellos normalmente vienen cuando nadie los ve y recogen aromas y colores que se llevan como recuerdo de su estancia en este mundo. Cada uno asiste con sus familiares y nosotros ponemos en los altares comida, frutas y otras cosas que les gustaban cuando aun vivían entre nosotros. - ¿Y las fotos? - Con las fotos o las calaveras de dulce con su nombre en la frente les indicamos el camino que los conduce a la casa de sus familiares. - ¿Y aquellos que ya no tienen familia, a dónde van, abuela? - Ellos no vienen, se quedan en algún lugar con su gente ya muerta también. Después de aquel comentario, yo quedé como perplejo, pensando en que pronto vendría mi abuelo y algunos tíos que ya hacía algunos años habían muerto. Mi curiosidad más grande y al mismo tiempo alegría, era porque según yo, vendría ese hermano que dijo mi madre se había muerto muy pequeño, creo que de unos seis meses. Regresamos a la casa tomados de la mano y yo, callado pensaba en cómo sería él ahora, se parecería a mí, estaría más grande o vendría caminando con su cuerpo de bebé… siempre he pensado que los muertos son soberbios y que no les importa su estado, ellos andan y van y vienen y espantan, no les importa nada, ni aunque sean familiares. - Hijo, ¿Qué piensas? - ¿Abuela, tú has visto un muerto? ¿Sabes cómo es su cara? ¿Sabes cómo caminan? - No hijo, los muertos no se dejan ver, ellos saben que les tenemos miedo y solo cuando no se sienten vistos, aparecen y andan. - ¿Por qué el tío Salvador los vio entonces? - No lo sé, la gente del pueblo dice que él invadió su hora, porque se sabe que ellos tienen una hora y unos días y que si interferimos con eso, entonces los vemos. En realidad no se sabe qué hora es, ni qué camino toman, solo que algunas veces los vivos somos imprudentes y muy incrédulos; sabes hijo, los vivos siempre metemos la pata por sentir que lo podemos todo, por sentir que somos más que los demás, y lo curioso es que cada uno de nosotros piensa eso, imagínate que cada uno de nosotros es mejor que los demás, jajaja, por eso nos pasan tantas cosas tontas, porque en realidad ni siquiera son malas, son solo tontas... - ¿Abuela, tú crees que yo sea tonto? - No hijo, no lo eres, porque tú nunca los veras. - ¿Porqué dice que no los veré? - Porque solo eres un niño y aún no sabes ser tonto hijo, y espero que nunca lo sepas, solo los adultos practicamos ese oficio, jajajaja. - Abuela, no entiendo. - Y eso me hace feliz, por ahora disfruta de las frutas y de los panes, respira el olor de ambiente, ese que dejan las vanidosas flores de Octubre, mañana tomaremos chocolate y verás que sabe diferente, no es como el de otros días, el chocolate de muertos es la vida de nuestros abuelos. - Abuela, no te entiendo. - Ahora no importa hijo, mejor apúrate, que tu mamá debe estar pensando de nosotros, ya nos hemos tardado mucho. Hace muchos años mi abuela me dijo todo esto y, es curioso, a diez años de su muerte y a mis treinta y dos de vida, creo saber que ellos vienen desde finales de octubre, se alojan en nuestros recuerdos y nos dicen pan, flores, dulces; nos dicen frío y también mencionan sus nombres; entonces pensamos en ellos y los pensamos llegando el uno y dos de noviembre, pero algo me ha dicho que esos dos días solo los ocupan para despedirse. El tres, los volvemos a olvidar… Para mi abuela Rosalía, que en aquel cementerio de aquel pueblo, como decía su canción: sigue esperándome para continuar el cuento de las historias que yo nunca le escuché… (Artículo tomado del número 97 de la revista Oaxaca Profundo) |
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