Las reglas de mis hijos PDF Imprimir E-mail
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Escrito por Servando Nava Echeverría   
Viernes, 18 de Noviembre de 2011 11:04
Los seres humanos estamos obligados a trascender y dejar un legado como un acto de gratitud por haber existido y el mayor acto de trascendencia para los hombres, es obsequiar el maravilloso legado de dejar hijos valiosos, hijos que valgan la pena, hijos soñadores que aporten a la humanidad.

Fundamental para lograrlo, es aceptar que la única salida es instalarles ardientemente el valor de la Disciplina, considerando a éste como un valor universal. Y Disciplina significa sencillamente la adherencia total a las reglas pactadas o aceptadas. Por lo tanto debemos de comenzar con las reglas de nuestra casa, poner límites, colocar valores.

Las reglas de la casa pueden ir desde ayudar en el hogar, recoger sus cosas o su ropa, levantar su cama, auxiliar en la cocina, poner límites para utilizar la Internet o ver la televisión.

Regla sensacional sería la de leer un libro mensual, o quizás la regla de no hablar con groserías, limitar el horario de llegada, elegir cuidadosamente a sus amistades, reglas respecto a la visita a los antros o la discoteca. Las reglas de la casa deben de contemplar también la actuación de los padres y con ello pregonar con el ejemplo: Las palabras conmueven, los actos arrastran.

Es fundamental comentarles a nuestros hijos que deseamos entregarles con amor inmenso todo lo que podamos, pero no podemos darles todo lo que quieran. Así, de esta forma aprenderán a considerar el costo de las cosas, a comprender el valor del esfuerzo y de la perseverancia para alcanzar la prosperidad.

Esencial por lo tanto, es el ejemplo y la congruencia en la actuación de papá y mamá y no olvidar que la más grande escuela para adoptar el modelo de valores o el de antivalores es la conducta de los padres. Si papá o mamá cuidan el agua, recogen la basura, reciclan, no se ofenden, no hay violencia, no son coprolálicos, (Coprolalia: expresarse con groserías, majaderas, peladeces, vulgaridades) no fuman o no toman o en general tienen una conducta ética, están enviando un mensaje extraordinario, que los hijos están observando y aprendiendo cotidianamente.

Una de las áreas más interesantes y trascendentes para nuestros hijos, es la relativa a la educación sexual, claro con un carácter ético. El gran problema de la educación sexual tal y como la concebimos o como se imparte en los sistemas de educación oficial o privada, es que es una educación reproductiva y hedonista. En ningún momento he observado que se privilegie la educación sexual en valores y por ello, la casa adquiere un sitio estratégico al respecto.

En una ocasión, y lo dejé plasmado en mi libro “Vivir en Armonía”, diseñé de manera metafórica y un poco en broma, lo que denominé “Reglas de las adolescentes para elegir a su aspirante a novio”, pensando en mis hijas y en su porvenir, y aunque la redacción puede causar sonrisas, tiene un fondo de enorme seriedad. Con este ejemplo, me estoy refiriendo a la importancia de crear las reglas que dirijan la conducta de nuestros hijos.

Los padres frecuentemente abusamos de la pasividad, de la indolencia, de la irresponsabilidad, de la omisión, del desinterés y sobre todo, somos tolerantes en exceso y eso provoca que los hijos confundan nuestra actitud con blandura e ineptitud como padres. La conducta de los hijos debemos de acotarla con reglas sencillas, matizadas de afecto y comprensión, pero firmes y estrictas, lo que también hemos denominado “nalgadas de amor”.

Debemos de diseñar el “Momento uno a uno” con cada uno de nuestros hijos. Significa dedicarles un tiempo específico a cada hijo, tiempo de calidad, de verdadera comprensión y acercamiento y por ejemplo salir con ellos a tomar un café o al cine, tener un momento muy peculiar de compromisos y hasta de complicidades y escucharnos unos a otros, porque también es importante que los hijos nos escuchen, que oigan nuestros problemas, nuestras necesidades, nuestras expectativas y hacerles sentir nuestro amor de padres.

Recordarles que la casa es de papá y de mamá, no de los hijos, y ellos tendrán que obedecer las reglas de la casa y vivirán ahí de arrimados mientras se van, pero mientras estén ahí estamos obligados a amarlos profundamente y a enseñarles reglas o valores. Cuando tengan su casa tendrán sus propias reglas, mientras tanto la casa es de papá y de mamá, o de papá o de mamá de acuerdo a las circunstancias

Obviamente que en casa deberá de haber sanciones cuidadosas y sensibles, pero deberá de haber castigos, nalgadas de amor. En este mundo moderno en que los hijos están expuestos a tantos riesgos fuera de casa, es prudente rescatar aquella metáfora: “….si tu hijo estuviera a punto de caer en un precipicio y tu lo estuvieras sosteniendo de la mano: ¿lo apretarías con todas tus fuerzas o le detendrías la mano suavecito para que no le duela? Lo mismo pasa con los valores, la disciplina y las reglas, sé responsable y apriétalo fuerte y lo salvarás del precipicio de la vida, porque nadie a quien él dañe con su indisciplina va a tenerle compasión. Si tú, que le diste la vida y lo amas, no soportas sus desobediencias y berrinches, ¿qué te hace pensar que los demás lo harán...?”

Una llamada de atención, un grito a tiempo, unas nalgaditas, un castigo bien impuesto y cuidadoso, sin pretender lastimarlos o dejarlos marcados física o emocionalmente, sin el afán de maltratarlos o herirlos, solamente pensando en su formación futura de orden ético, para que a través del tiempo puedan distinguir la diferencia entre el bien y el mal; seguramente años después comprenderán que esas acciones fueron como ladrillitos que fueron construyendo su destino.

Evitémosles la desdicha de adoptar reglas fuera de casa: reglas de las pandillas, reglas de los delincuentes, de los amigos perversos, de las parejas manipuladoras o reglas confusas e inquietantes impuestas por la misma sociedad que desgraciadamente van a ir forjando o estructurando su futura personalidad.

Las reglas en casa son tan importantes que de ahí nace y se forma la actitud de obedecer las normas sociales, las leyes del país o del estado, las reglas de tránsito. De no ser así estaremos construyendo hijos desobedientes sociales y por lo tanto sin pretenderlo, estaremos destruyendo su porvenir.

Ante este grave problema de formación en los hijos, el Psiquiatra dominicano César Mella, elaboró esta curiosa e interesante reflexión que viene a enriquecer lo aquí manifestado. Creo que a todos los que somos padres, o somos o seremos abuelos, nos debe inquietar esta reflexión metafórica, en ocasiones irreverente, pero con total apego a la realidad que vivimos todos los días:

“Yo me preguntaría y plantaría la siguiente pregunta: ¿cómo eduqué o estoy educando a mis hijos? ¿Qué valores inculco o inculqué a mis hijos?

A los jóvenes de este siglo hay que llamarlos varias veces en la mañana para llevarlos a la escuela y, digo llevarlos porque no tienen que tomar el camión o caminar larguísimas distancias para llegar a ella.

Se levantan generalmente irritados porque se acuestan muy tarde, viendo televisión por cable, jugando PlayStation, hablando o enviando mensajes por teléfono o chateando por la Internet. No se ocupan de que su ropa esté limpia y mucho menos en poner un dedo en nada que tenga que ver con arreglar algo en el hogar.

Tienen los juegos y equipos digitales más modernos del mercado, Ipod, BlackBerry y su computadora no puede faltar, como tampoco el pago por su actualización. Hoy los hijos, muchas veces sin merecerlo, presumen el celular más novedoso. El nextel más costoso. La Lap más equipada. Nada les costó. Si se descomponen, para eso estamos, no faltaba más, hay que pagar la reparación, a la brevedad y sin chistar.

Idolatran amigos y a falsos personajes de realitys de MTV. ¡Ah! Pero viven encontrándoles defectos a los padres, a quienes acusan a diario de que sus ideas y métodos están pasados de moda.

Se cierran automáticamente a quien les hable de moral, honor y buenas costumbres, y mucho menos de religión. Lo consideran aburrido. Ya saben todo y lo que no ¡Lo consultan en internet!

Nos asombramos, porque los sicarios cobran cuotas sin trabajar por ellas, cuando a nuestros hijos los acostumbramos a darles todo incluso su cuota semanal o mensual sin que verdaderamente trabajen por ella, y todavía se quejan “a porque eso no me alcanza”.

Si son estudiantes, siempre inventan trabajos de equipo o paseos de campo, que lo menos que uno sospecha, es que regresarán con un embarazo, habiendo probado éxtasis, coca, marihuana o cuando mínimo alcoholizados.

Y cuando les exiges lo más mínimo en el hogar o en la escuela, lejos de ser agradecidos te contestan, con desfachatez: yo no pedí nacer, es tu obligación mantenerme o quién les manda andar de calientes.

Definitivamente estamos jodidos, pues la tasa de que hagan su vida independiente se aleja cada vez más, pues aún graduados y con trabajo, hay que seguirlos manteniendo, pagándoles deudas, servicios y hasta los partos de sus hijos.

Con lo anterior, me refiero a un estudio que indica que este problema es mayor en chicos de la sociedad de clase media o media alta (o de capas medias urbanas) que bien pudieran estar entre los 14 y los 28 años, si es correcto 28 años o más ¿lo pueden creer? y que para aquellos padres que tienen de dos a cuatro hijos constituyen un verdadero dolor de cabeza.

¿Entonces en qué estamos fallando?

Yo sé, dirán que los tiempos y las oportunidades son diferentes, pues para los nacidos en los años cuarenta y cincuenta, el orgullo reiterado era levantarse de madrugada a ordeñar las vacas con el abuelo; que tenían que ayudar a limpiar la casa; no se frustraban por no tener vehículo, andaban a pie a donde fuera, siempre lustraban sus zapatos, los estudiantes no se avergonzaban de no tener trabajos gerenciales o ejecutivos, aceptaban trabajos como limpiabotas y repartidores de diarios.

Lo que le pasó a nuestras generaciones, es que elaboramos una famosa frase que no dio resultado y mandó todo al diablo: ¡Yo no quiero que mis hijos pasen, los trabajos y carencias que yo pasé! Nuestros hijos no conocen la verdadera escasez, el hambre. Se criaron en la cultura del desperdicio: agua, comida, luz, ropa, dinero. Muchos de nuestros hijos, a los 10 años ya habían ido a Disneyworld mínimo dos veces, cuando nosotros a los 20 si bien nos iba conocíamos la Ciudad de México, con su hoy vetusto y atiborrado Metro.

El dame y el cómprame, siempre fue generosamente complacido convirtiendo a nuestros hijos en habitantes de una pensión, con sirviente (a) y todo incluido, que después intentamos que funcionara como hogar.

Es alarmante el índice de divorcios que se está generando, van a la conquista de su pareja y vuelven al hogar, sólo unos meses más tarde, divorciados porque la cosa no funcionó; ninguno de los dos quiere servir al otro en su nueva vida. Como nunca batallaron en la pensión con sirviente incluido, en la que se les convirtió el hogar paterno, a las primeras carencias en el propio, avientan el paquete y regresan a la casa para que la mamá y el papá continúen resolviéndoles la vida.

Este mensaje es para los que tienen hijos y que pueden todavía moldearlos, edúquenlos con principios y responsabilidades. Háganles el hábito del ser agradecidos.

Háganles el hábito de saber ganarse el dinero con honestidad, la comida, la ropa, el costo de la estancia en la casa en la cual no aportan para el pago de servicios. Háganles saber lo que cuesta cada plato de comida, cada recibo de luz, agua, renta. Háganles sentir en su casa, cómo se comportarían ustedes en casa ajena cuando van de visita.

Por ese domingo o cuota semanal o mensual, edúquenlos en la cultura de la correspondencia y el agradecimiento. Que los sábados o domingos laven el carro, ayuden a limpiar la casa, NO SU CUARTO, esa debe ser obligación de siempre sin pago de por medio. Háganles la costumbre de limpiar sus zapatos, de que paguen simbólicamente, por todo lo que gratuitamente reciben, implántenles la ideología de ameritar una especie de beca escolar que ustedes pagan, y por la que ellos no pagan ni un centavo, eso puede generar una relación en sus mentes trabajo=bienestar.

Que entiendan que asistir a la escuela, es un compromiso con la vida, que no es ningún mérito asistir a ella. De la responsabilidad con que cumplan ese compromiso, dependerá su calidad de vida futura.

Todos los niños deben desde temprano aprender a lavar, planchar y cocinar, para que entiendan la economía doméstica en tiempos que podrían ser más difíciles.

Cuida lo que ven y ves con ellos en la televisión, y evita caer en el vicio social llamado telenovelas, los videojuegos violentos, la moda excesiva y toda la electrónica de la comunicación, que han creado un marco de referencia muy diferente al que nos tocó. Cuando ocupes corregirlos, aconséjalos, platica con ellos, no los ofendas, no los reprendas en público. Si lo haces, nunca lo olvidarán. Nunca te lo perdonarán.

Estamos comprometidos a revisar los resultados, si fuimos muy permisivos, o sencillamente hemos trabajado tanto, que el cuidado de nuestros hijos queda en manos de las empleadas domésticas y en un medio ambiente cada vez más deformante.

Ojalá que este mensaje llegue a los que tienen la oportunidad de cambiar o hacer algo al respecto. Ya los abuelos pagaron. Nosotros estamos pagando con sangre la transición.

Que cada quien tome lo que la corresponda. Que haga lo que pueda y quiera. Recuerda que para que triunfe el mal, solo se necesita que la gente buena lo permita...”

Para terminar esta reflexión sobre la importancia de contar con Reglas para nuestros hijos, leamos el poema de Ricardo Montalbán, que nos ilustra claramente lo que aquí comentamos:

QUERIDO HIJO

Mientras vivas en esta casa, obedecerás las reglas, reglas de amor, reglas pensando en tu bien y en tu porvenir y por ello, en ocasiones, con dolor tendré que aplicarlas. Cuando tengas tu casa, establecerás tus propias reglas.

Todavía no eres independiente, dependes del amor de esta casa. Cuando madures levantarás el vuelo.

Aquí no gobierna la democracia. No hice campaña electoral para ser tu padre. Tú no votaste por mí, somos padre e hijo por la gracia de Dios. Y yo acepto respetuosamente el privilegio y la responsabilidad abrumadora de guiarte por el camino del bien. Hijo, dame esa oportunidad.

Entiéndelo, no soy tu amigo, soy tu padre, que debe significar 100 veces más que un amigo, porque somos la misma sangre.

Nuestras edades son muy diferentes, podemos compartir muchas cosas, pero no somos cuates, soy tu padre y eso algún día lo comprenderás.

Claro que también soy tu amigo, pero estamos en niveles completamente diferentes. Yo tengo la experiencia y tú la juventud.

Por eso hijo mío, en esta casa, se hará lo que yo diga y no debes de cuestionarme. Porque todo lo que yo ordene estará motivado por el amor. Te resultará difícil comprenderlo hasta que tengas un hijo. Mientras tanto, confía en mí, porque mi actuar esta conducido por el amor.

Por todo lo anteriormente comentado, adquiere una enorme importancia la educación ética en casa, y recuperar la formación en valores de los hijos. Si aquellos que tuvimos el privilegio de contar con una escuela de valores en la casa no alcanzamos la perfección o el modelo ideal, qué será de aquellos que carecen de ella. Por eso, cómo añoramos cuando papá o mamá simplemente, con su ejemplo y congruencia nos trasmitían estos principios con afecto, amor, ternura y esperanza.

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(Artículo tomado del número 97 de la revista Oaxaca Profundo)



 

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